En esta práctica aprendimos que los cetáceos (ballenas y delfines) son en realidad mamíferos, no peces. Pero viven toda su vida en el agua, a diferencia de la mayoría de los mamíferos que viven en la tierra. Pero los evolucionistas creen que los cetáceos evolucionaron a partir de mamíferos terrestres.
El ancestro de la ballena fue el Indohydus raoellidae, un animal rumiante, muy similar al actual chevrotain (un extraño ciervo-ratón) que hoy se puede observar en África. Y si bien siempre se supo que el pariente de estos estupendos mamíferos habían vivido en tierra, ahora se sabe que fue el último en caminar en cuatro patas antes de hacer del océano su morada.
Los primeros 10 millones de años de la evolución de los cetáceos es algo documentado por una serie de fósiles. Gracias a estos esqueletos, los científicos pudieron conocer el efecto de la evolución sobre estos mamíferos acuáticos. Pero siempre hubo un eslabón perdido que no permitía completar la historía de estas increíbles criaturas. Sí se sabía que el origen de las ballenas tenían raíces terrestres, que sus ancestros habrían caminado por la tierra antes de sumergirse al mar para siempre. Hasta el momento, lo único que se podía aseverar era que ballenas están relacionadas con los mamíferos de pezuñas , pero no se había encontrado ninguno que fuera morfológicamente similar a las primeras ballenas.
El ancestro terrestre de las ballenas, se sabe ahora, fue el ungulado Indohydus raoellidae, un mamífero rumiante de 48 millones de años de antigüedad, el descubrimiento se hizo gracias a la estructura de los huesos de los
fósiles y por los isótopos de sus dientes, que son similares a los de las ballenas.
Con esto concluimos que Dios no puso fósiles para distraer a los humanos.
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